HONGOS

Cuatro días, una montaña rusa y un micelio que sabe adónde va

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¿Cómo son los primeros 4 dias de una persona que empieza un proceso de microdosis con hongos?

Ilustración: Cuatro días, una montaña rusa y un micelio que sabe adónde va

El nombre de la cliente fue cambiado a "Lisbeth" para proteger su privacidad. Ella conoce este artículo y autorizó que se compartiera su experiencia.


Era tarde. Mi familia había estado enferma todo el día — gripe, el tipo de cosa que te mantiene moviéndote de cuarto en cuarto con agua tibia y mucho cariño — y recién cuando la casa se quedó quieta pude sentarme a leer el mensaje que Lisbeth me había mandado.

Me quedé un buen rato mirando la pantalla.

No porque fuera algo dramático. Sino porque era raro, en el mejor sentido. Porque en casi todo el tiempo que llevo trabajando con personas que están iniciando un proceso con hongos de psilocibina, la mayoría me manda un audio al final de la semana, algo como "ey, me fue bien, me sentí raro el día dos pero ya", y listo. Lisbeth, en cambio, me mandó un diario. Día por día. Con detalles, con sensaciones físicas, con los momentos incómodos que la mayoría prefiere no mencionar. Eso no es común. Y cuando alguien hace eso, el trabajo cambia completamente.


Un poco de contexto: de qué estamos hablando

Trabajo con hongos funcionales y enteógenos desde hace tiempo. Específicamente con Hericium erinaceus (Lion's Mane) para apoyo cognitivo, y con hongos de psilocibina para procesos más profundos de introspección y neuroplasticidad. No soy médico, no tengo un título universitario en esto. Lo que tengo es experiencia propia, mucho estudio autodidacta, y la guía de grandes micólogos que han dedicado su vida a entender estos organismos.

El protocolo que uso con mis clientes — dos días de dosis, un día de descanso — no es algo que inventé yo. Está documentado en la literatura micológica y lo fui ajustando con el tiempo a partir de lo que las personas me van contando. Cada proceso es diferente. Cada cerebro responde distinto. Por eso el seguimiento importa tanto.

Lisbeth llegó a mí después de haber salido de un proceso de depresión. Ya había hecho el trabajo duro. Lo que buscaba era un impulso — un boost, como ella misma lo llamó — para poder encontrar dirección. Propósito. Ese norte que a veces uno sabe que existe pero no termina de ver con claridad.

Llevamos apenas una semana trabajando juntos cuando me mandó ese mensaje.


Los cuatro días

Lo que Lisbeth describió fue esto:

Día 1: Gym, mucha energía, buen ánimo, cambios en la forma de ver las cosas. Y al final del día: cansancio mental intenso y dolor de cabeza.

Día 2: Se quedó en casa cosiendo en máquina. Estuvo pensando en una persona hasta que "resolvió el nudo de por qué le pensaba tanto". Un día muy sensible. Ganas de llorar. Lloró. Más dolor de cabeza.

Día 3: Gym sin ganas, desanimada, triste. Y en medio de ese estado, un insight que vale mucho: "me di cuenta que pensaba mucho en los otros y empezaré a pensar más en mí". A la tarde salió a correr, la energía cambió, y no pudo dormir hasta las 3 de la mañana.

Día 4: Un sueño que la movió emocionalmente. Cansancio general. Tomó su dosis.


Lo que le dije, y por qué

Cuando le respondí a Lisbeth esa noche, le expliqué que el cansancio mental que sentía era completamente normal. No porque sea una línea tranquilizadora de manual, sino porque yo lo conozco desde adentro: cuando tomo las cápsulas, siento un leve cansancio durante el día, pero cuando duermo después de tomarlas me despierto como si hubiera dormido el doble de horas de las que realmente dormí. Hay algo que el cerebro hace en ese estado que no hace en el sueño ordinario. Y tiene sentido: la psilocibina activa procesos de neuroplasticidad — literalmente, las neuronas están formando nuevas conexiones, reconfigurando rutas — y eso tiene un costo energético real. El cansancio no es una señal de que algo va mal. Es una señal de que algo está pasando.

Lo mismo con el llanto del día dos. Le dije que era muy bueno que hubiera llorado. Y lo digo desde algo que aprendí a través de Bashar — una entidad canalizada por Daryl Anka, cuya perspectiva sobre la conciencia y las emociones encuentro genuinamente útil — quien describe el llanto como la forma en que el cuerpo físico libera, a través de químicos, patrones del pasado. Cada vez que lloramos, estamos dejando espacio para algo nuevo. No se siente bonito en el momento. Pero después de ese tipo de llanto, uno siempre se siente un poco más liviano.

Y el insight del día tres — ese "empezaré a pensar más en mí" — me parece uno de los más importantes que puede tener una persona. Hay una confusión muy arraigada en nuestra cultura entre egoísmo y cuidado propio. El egoísmo tiene que ver con el ego, con el yo pequeño que se afirma a costa de los demás. El cuidado propio tiene que ver con el yo verdadero, el que sabe lo que necesita para estar bien y, precisamente por eso, puede estar mejor para quienes lo rodean. Cuando pensás en vos misma, no le quitás nada a nadie. Al contrario.


Lo que más me enseñó este intercambio

Hay algo que quiero decirle a cualquiera que esté pensando en acompañar a alguien en un proceso de este tipo, o que esté pensando en iniciarlo:

El proceso de transformación no es una escalada lineal.

La mayoría de las personas imagina que el cambio personal se parece a subir una montaña: esfuerzo constante, altura creciente, progreso visible. Y cuando llega un día de desánimo, de tristeza sin razón aparente, de no querer levantarse, lo interpretan como fracaso. Como que algo está mal.

No es así. Nunca es así.

Pienso en el micelio. La red fúngica que crece bajo tierra no avanza en línea recta. Rodea los obstáculos, se bifurca, va hacia donde parece que no tiene sentido ir — y llega exactamente donde tiene que llegar. El camino visible desde afuera no tiene forma de escalera. Tiene forma de red. Y la red no falla: simplemente crece de otra manera.

Los cuatro días de Lisbeth fueron eso. Un día de energía desbordante seguido de uno en el que no quiso salir de su casa. Un insight profundo seguido de una noche sin poder dormir. Una montaña rusa, sí. Pero cada vagón de esa montaña rusa iba en la dirección correcta.


Lo que más agradezco de Lisbeth es que confió lo suficiente como para escribirlo todo. Los detalles que le parecían insignificantes — que estuvo cosiendo, que resolvió un nudo pensando en alguien, que la tarde del día tres fue diferente a la mañana — son exactamente los detalles que me permiten acompañarla bien.

No necesitamos tener todo claro para avanzar. Necesitamos confiar en el proceso y, de vez en cuando, escribir lo que sentimos.

Eso también es parte de sanar.


¿Estás pensando en iniciar un proceso con hongos enteógenos o querés saber más sobre cómo trabajo? Podés escribirme directamente.

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